No, no me estoy refiriendo a la película homónima (la cual, con un
paupérrimo 6.4 en
IMDb no pienso ni molestarme en ver), sino a esas ocasiones en las que te toca tomar un proyecto que ya empezaron otros y por algún motivo dejaron poco después de haber dado los primeros pasos.
Estas historias, generalmente, comienzan en el
Brown Dispatcher. El Brown Dispatcher es un software de cosecha propia, el cual, mediante un sofisticadísmo algoritmo, se encarga de asignar las tareas a los técnicos correspondientes. Dicho algoritmo, cuyo grado de complejidad lo hace incomprensible para las mentes mortales, fue diseñado con el propósito de que
pareciera que sus elecciones son aleatorias, cuando en realidad todo forma parte de un gran
Plan Maestro.
Una vez que la tarea te ha sido asignada, comienza la primera fase, recolectar información. Es decir, alguien ha estado antes que tú con el cliente, por lo tanto
ese alguien debe conocer bien la situación y podría ponerte al día. Quizá hasta te enteres de cuáles fueron los motivos por los que decidió abandonar el proyecto. Pero todo eso no son más que ilusiones. Ese alguien nunca está disponible. Al menos, no para hablar contigo. Puede que esté trabajando en un proyecto en otra parte del país (o del planeta). Puede que él pertenezca a un
universo paralelo del cual tú no formas parte. O incluso puede que él también esté haciendo de
Hitman para otro que, al igual que éste, puso pies en polvorosa y se despidió gritando a los cuatro vientos que ese marrón se iban a tener que comer otros. Una opción, por otra parte, muy respetable e inteligente, especialmente cuando te das cuenta de que es mayor el número de agujeros que hay en el barco que la cantidad de corchos que llevas en los bolsillos.
En definitiva, que tienes que empezar de cero. Pero eso sí, sin que parezca que empiezas de cero, que a ningún cliente le gusta perder el tiempo. Y menos dos veces seguidas. Así pues, te armas de toda la capacidad de improvisación que tenías guardada en casa para este tipo de emergencias (porque lo que no vas a hacer es malgastarla en frivolidades como ligar), te enfundas el traje, y metes en la mochila las bolas de colores para hacer malabares, que nunca se sabe lo que puede pasar. Y allá que vas, encomendándote al
FSM (magnánimo y esponjoso como ningún otro
héroe de ficción), vete tú a saber dónde, para quién sabe qué. Y dicen que los toreros son el paradigma del valor.
Pero bueno, lo cierto es que no puedo quejar. No, esta no es la típica entrada de bitácora en plan
"míradme que mal me trata el mundo, con lo bueno que yo soy". Habrá entradas como esa, pero ésta no es una de ellas. Y es que en realidad me gusta. No sé si será por el reto intelectual, por la aventura, o por una extraña variante del sadomasoquismo digna de someterla a psicoanálisis. Lo que sí sé es que si no tuviera que hacer cosas de este tipo y de esta forma, me aburriría. Y el aburrimiento en el trabajo es mi peor enemigo. Peor aún que la SGAE, Jiménez Losantos y los
gorgojos (José A. dixit) de los pastelitos venezolanos, todos juntos.
Al fin y al cabo, si todo sale mal, siempre puedes sacar las bolas de colores. Que para algo te has puesto corbata.